La marca en mi costado izquierdo

 

 

Por: Vladimir Paula

 Me cuentan mis padres que fue un 12 de diciembre alrededor de las 11 del mediodía en la década de los años 80 cuando por primera vez se escucharon mis gritos chillones en la sala de partos indicando mi llegada al mundo.

Me convertí en el hijo número tres de una familia procreada por una pareja de esposos procedentes desde Güiza y Estanzuela, dos comunidades rurales del municipio de San Francisco de Macorís en la provincia Duarte, República Dominicana.

Al transcurrir un año y varios meses de mi vida, mis diminutos pulmones comenzaron a registrar dificultades, sus sacos de aire empezaron a llenarse de fluidos y fui diagnosticado con una neumonía de alto riesgo.

Con sus ojos aguados tras recordar aquellos momentos de angustia e incertidumbre, mi madre me cuenta que por las noches yo no podía dormir y obvio, ellos tampoco. No podía respirar y una tos estruendosa constantemente se apoderaba de mí, reflejando el alto grado de complicación de la referida enfermedad que en cualquier momento podía terminar con mi existencia.

Uno de esos días de perturbación ante tal situación, mis padres decidieron llevarme a la clínica Corominas de la ciudad de Santiago, considerada en ese entonces como uno de los centros de salud más moderno y avanzado del país.

Me dicen que el médico que me atendió en aquel momento era un individuo con gran sentido del humor, pues cuando me veía pese a mi condición de poco ánimo siempre me sacaba una sonrisa, y me apodó “Mi Curcucita”.

En la Corominas me hicieron todos los estudios de rigor y ratificaron que dicha enfermedad avanzaba rápido por lo que lo más pronto posible tenían que intervenirme quirúrgicamente.

 

 De vida muerte o muerte

 “Lo vamos a operar, no le garantizo nada, es de vida o muerte” dicen mis padres que fueron las palabras del médico en aquel momento de tanta angustia.

Me cuentan que cuando yo era trasladado al quirófano sonreí y que un mar de lágrimas arropó mis familiares que estaban allí quienes de inmediato, apoyados en la fe cristiana, iniciaron una cadena de oración para que pudiera salir con vida.

Pasaron casi 12 horas para que abrieran la puerta de la sala de cirugía y tras salir aquel hombre con un bata verde y una mascarilla solo dijo “Gracias a Dios todo salió bien con la Curcucita, ahora estamos drenando todo el líquido que tenía en los pulmones”

Casi 20 días duré ingresado en la clínica bajo un estricto cuidado pues por la amplia herida en mi costado izquierdo no permitía que me moviera o que me pusiera en posiciones cómodas.

 

La de alta

Con un semblante diferente y un nivel extremo de delgadez, fui dado de alta, ya que mi estado de salud cambió significativamente y podía respirar sin obstrucción, ya no tosía con estruendo, ni despertaba por las noches.

“Adiós mi Curcucita” fueron las palabras de despedida de aquel profesional de la salud a quien Dios puso en el camino para que salvara mi vida. Dice mi progenitora que levanté mi manita derecha y le respondí con una tierna sonrisa.

De aquel trago amargo que vivieron mis padres yo solo conozco la marca de mi costado izquierdo, esa que me recuerda que la vida es un suspiro y que debemos disfrutarla al máximo, sin dañar a nadie, ni permitir que te dañen. Esta marca me hace tener los pies sobre la tierra y me recuerda la pureza, el amor incondicional y la protección de nuestros padres. También, la importancia de que existan personas que lleven esperanzas, paz y alegría a las vidas de otros.


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