Por: Vladimir Paula
Me convertí
en el hijo número tres de una familia procreada por una pareja de esposos
procedentes desde Güiza y Estanzuela, dos comunidades rurales del municipio de
San Francisco de Macorís en la provincia Duarte, República Dominicana.
Al
transcurrir un año y varios meses de mi vida, mis diminutos pulmones comenzaron
a registrar dificultades, sus sacos de aire empezaron a llenarse de fluidos y
fui diagnosticado con una neumonía de alto riesgo.
Con sus ojos
aguados tras recordar aquellos momentos de angustia e incertidumbre, mi madre
me cuenta que por las noches yo no podía dormir y obvio, ellos tampoco. No
podía respirar y una tos estruendosa constantemente se apoderaba de mí,
reflejando el alto grado de complicación de la referida enfermedad que en
cualquier momento podía terminar con mi existencia.
Uno de esos
días de perturbación ante tal situación, mis padres decidieron llevarme a la
clínica Corominas de la ciudad de Santiago, considerada en ese entonces como
uno de los centros de salud más moderno y avanzado del país.
Me dicen que
el médico que me atendió en aquel momento era un individuo con gran sentido del
humor, pues cuando me veía pese a mi condición de poco ánimo siempre me sacaba
una sonrisa, y me apodó “Mi Curcucita”.
En la Corominas
me hicieron todos los estudios de rigor y ratificaron que dicha enfermedad avanzaba
rápido por lo que lo más pronto posible tenían que intervenirme
quirúrgicamente.
Me cuentan
que cuando yo era trasladado al quirófano sonreí y que un mar de lágrimas
arropó mis familiares que estaban allí quienes de inmediato, apoyados en
la fe cristiana, iniciaron una cadena de oración para que pudiera salir con
vida.
Pasaron casi
12 horas para que abrieran la puerta de la sala de cirugía y tras salir aquel
hombre con un bata verde y una mascarilla solo dijo “Gracias a Dios todo salió
bien con la Curcucita, ahora estamos drenando todo el líquido que tenía en los
pulmones”
Casi 20 días
duré ingresado en la clínica bajo un estricto cuidado pues por la amplia herida
en mi costado izquierdo no permitía que me moviera o que me pusiera en
posiciones cómodas.
La de alta
Con un semblante diferente y un nivel extremo de delgadez, fui dado de alta, ya que mi estado de salud cambió significativamente y podía respirar sin obstrucción, ya no tosía con estruendo, ni despertaba por las noches.
“Adiós mi
Curcucita” fueron las palabras de despedida de aquel profesional de la salud a
quien Dios puso en el camino para que salvara mi vida. Dice mi progenitora que
levanté mi manita derecha y le respondí con una tierna sonrisa.
De aquel
trago amargo que vivieron mis padres yo solo conozco la marca de mi costado
izquierdo, esa que me recuerda que la vida es un suspiro y que debemos
disfrutarla al máximo, sin dañar a nadie, ni permitir que te dañen. Esta marca
me hace tener los pies sobre la tierra y me recuerda la pureza, el amor incondicional
y la protección de nuestros padres. También, la importancia de que existan
personas que lleven esperanzas, paz y alegría a las vidas de otros.

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